Los preliminares


El espectáculo comienza a la hora en punto anunciada, momento en que la Presidencia hace flamear un pañuelo blanco, que ordena el inicio Del paseíllo de las cuadrillas, encabezado por los alguacilillos y a los sones de la música que interpreta la Banda. Detrás desfilan los diestros, el más veterano en la posición central, el que le sigue en antigüedad a su derecha y el más joven a su izquierda. Después van los subalternos y los mulilleros.
El cortejo cruza el ruedo hasta la altura del palco de la Presidencia, saludándola con reverencia y descubriéndose los matadores y subalternos de su montera. Finalizado el paseíllo, las cuadrillas se dirigen al burladero y cambian el capote de paseo por el de brega.
El Presidente vuelve a sacar un pañuelo blanco y suenan los timbales y clarines. Tras estas señales, el torilero se asegura de que los matadores y sus cuadrillas ocupan sus posiciones respectivas, y procede a abrir el portón de toriles para dar comienzo a la corrida.
La lidia propiamente dicha se divide en cuatro partes, a saber, el tercio de varas, el de banderillas, la faena de muleta y la muerte del toro.
La corrida da comienzo cuando se abre el portalón de toriles para que salga el primer toro de la
corrida. El torilero cita a la res con gritos y exclamaciones. El animal sale a toda velocidad y
tras recorrer parte del ruedo es recibido con el capote por el peón de confianza del torero.
Después es el propio maestro el que comienza a torearlo con la capa, al tiempo que va estudiando
sus características, su casta y su bravura.
Primer tercio: la suerte de varas
La suerte de varas constituye el "primer tercio" de la corrida y en ella se trata de reducir la fuerza del toro. Esta labor es efectuada por los picadores, que deben tener bastante fuerza para picar al toro y a la vez poder dominar al caballo.
Para conseguir situar al toro frente al picador, el diestro que está lidiando puede realizar diversos pases con el capote (verónicas, chicuelinas) para "dejar el toro en suerte de varas".
La arrancada del toro hacia el caballo sirve para medir su bravura, debiendo realizar diversas acometidas sin rehuir el castigo de la vara. En algunas ocasiones es tal la fuerza y empuje del toro, que consigue derribar al caballo o descabalgar al picador, con el consiguiente peligro para ellos.
Cuando el Presidente considera que la res ha sufrido suficiente castigo, pone fin a este tercio sacando el pañuelo y señalando el cambio de la suerte. Los clarines y timbales así lo anuncian y los picadores se retiran del ruedo.
Segundo tercio: La suerte de banderillas



Con ello se da paso a la suerte de banderillas o segundo tercio de la corrida. Los tres pares reglamentarios pueden ser colocados por los peones "especialistas" de cada cuadrilla o bien por el propio matador titular.
La suerte se realiza a cuerpo descubierto, con el fin de continuar castigando al toro y conseguir que levante la cabeza para que entre adecuadamente durante la faena de muleta. La suerte de banderillas puede realizarse yendo en busca del toro o esperando a que éste venga.
Tercer tercio: la faena de muleta
Comienza cuando el Presidente saca el pañuelo reglamentario y los clarines y timbales vuelven a anunciar el cambio de tercio. Mientras los peones mantienen al toro alejado de la zona que ocupa la Presidencia, el matador coge la muleta y la cruza con el estoque, dirigiéndose al palco para solicitar permiso para iniciar la faena, asió como para efectuar el obligatorio brindis. También puede realizar otro brindis a alguna persona en concreto o al público en general.
Tras ello, el diestro se queda sólo en el ruedo, frente al toro. Comienza la faena con unos pases de tanteo, para ver la respuesta de la res. El diestro efectúa posteriormente diversos pases, según su inspiración, destacando, entre la gran variedad existente el natural, el trincherazo, el molinete, la manoletina o el pase de pecho.
La muerte del toro
La cuarta parte de la corrida es la denominada "suerte de matar", la hora de la verdad. Es el momento supremo en que el torero, situado frente al toro, con la muleta baja y recogida y el estoque en la mano derecha, recibe al animal cuando éste embiste a la muleta, dándole una estocada en el morrillo.
En la acción de saber recibir radica la importancia de realizar bien esta suerte. Tras ella, el toro, herido de muerte por el estoque, se resiste a caer totalmente al suelo, acercándose a las tablas. Finalmente rendido, termina cayendo sobre el albero.
El epílogo
Como epílogo de la lidia, se produce el arrastre. Muerta y apuntillada la res, es sujetada por los mulilleros a un tiro de tres mulas. Es arrastrado hasta el desolladero, pudiendo la presidencia conceder una vuelta al ruedo a la res si ha demostrado especial bravura y casta.
Es también en este momento cuando la Presidencia, atendiendo a al opinión del público, puede conceder al diestro alguno de los trofeos (una o dos orejas del toro). Al final de la corrida, si un diestro ha obtenido un triunfo clamoroso, saldrá de la Maestranza llevado a hombros por la Puerta del Príncipe.
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