


Sevilla es una ciudad con un gran número de iglesias, todas ellas de gran belleza y que guardan entre sus muros verdaderas obras de arte.
Inmediatamente después de la conquista de Sevilla se establecieron en Sevilla 24 parroquias, algunas aprovechando las mezquitas existentes. No había tantas en ninguna ciudad de Castilla. A fines del siglo XIII se añade la de Santa Ana en Triana. En el siglo XIV se transformaron en templos cristianos antiguas sinagogas que tomaron los nombres de Santa Cruz y Santa María la Blanca y ya en el siglo XVI debido al crecimiento de la ciudad se fundaron extramuros San Bernardo y San Roque. En el siglo XVII se funda la O en Triana.
Estos templos se conservan en su inmensa mayoría aunque transformados por restauraciones de diferentes épocas conservando todavía hoy la función religiosa para la que fueron creados. En el siglo XIV se crea el tipo parroquial sevillano –gótico-mudéjar con tres naves y torre alminar que en muchos casos nos recuerda su antiguo carácter de mezquita- que se difunde en numerosas obras que se realizan a raíz del terremoto de 1356, es el caso de Santa Marina, San Vicente, San Isidoro, San Lorenzo, Omnium Sanctorum, San Andrés, San Esteban, San Marcos, Santa Catalina y San Pedro.
Además de su interés arquitectónico, acogen en su interior numerosas obras de arte pero para ser visitados hay que adaptarse al horario del culto.
Muchas iglesias fueron construidas entre los siglos XVI al XVIII, dentro de las corrientes renacentista y barroca fundamentalmente. Hay que destacar que el estilo barroco hispalense es de gran belleza y monumentalidad que en edificaciones como San Ildefonso o El Salvador alcanza unos grados de una altísima belleza y bien merecen una visita. También debemos mencionar la iglesia de Santa Mª La Blanca y la iglesia de San Luis de los Franceses.
En el siglo XVII Sevilla no pudo sustraerse a la grave crisis económica que por entonces afectaba a Europa en general, y a España en particular. Esta decadencia, agravada en nuestra urbe por frecuentes calamidades públicas, caso de las nefastas riadas y epidemias de peste, por fortuna no se correspondió con el florecimiento que experimentaron las Artes en todas sus manifestaciones. Sevilla, inflamada de espíritu contrarreformista, se transforma urbanísticamente en una ciudad-convento. En 1671 podían contarse 45 monasterios de frailes, siendo 28 el número de cenobios femeninos. Franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas se instalaron en nuestra ciudad.
Entre los templos monásticos encontramos aquellos que en la actualidad son parroquias, pero en otro tiempo fueron las iglesias de antiguos cenobios, como es el caso de San Jacinto, La Magdalena, Capuchinos.


Sevilla era una ciudad especialmente rica en hospitales y fundaciones que se dedicaban a la caridad y a ayudar a los necesitados. Por este motivo se crearon muchos, especialmente a partir del siglo XV hasta el siglo XVII; posteriormente muchos se eliminaron con la reducción hospitalaria dictada por el rey Felipe II, haciendo que unos desapareciesen y otros se uniesen. Son muchos los hospitales que aún se conservan en la actualidad, como el del Pozo Santo, de la Misericordia, de las Cinco Llagas, Nuestra Señora de la Paz. Vamos a destacar las iglesias del Hospital de la Caridad y del Hospital de los Venerables.
Sevilla es una ciudad que además posee un gran número de capillas y ermitas, mayor que cualquier otra ciudad española. Estas capillas la gran mayoría son sedes de las Hermandades que procesionan en la famosa Semana Santa de Sevilla. Por citar algunas están la Capilla de los Marineros donde se encuentra la imagen de la Esperanza de Triana, y la Capilla del Patrocinio (donde podemos ver la imagen del famoso Cristo del Cachorro, obra de Ruiz Gijón).
Hacemos una mención especial a las dos basílicas que existen en la ciudad: la Basílica de la Macarena y la Basílica del Gran Poder, dos de las muchas hermandades por la que existe una gran devoción en nuestra ciudad.
La Archidiócesis de Sevilla cuenta con el mayor número de monasterios femeninos de toda España. Actualmente, diecinueve conventos de clausura le quedan a nuestra ciudad de los treinta que llegó a tener.
Las monjas que lo habitan proceden de diversas provincias de España y resto de nuestra región. Pero hay dos conventos con un mayor predominio de andaluzas: las agustinas de San Leandro y las franciscanas de Santa Inés.
Todas estas clausuras recorren un amplio abanico cronológico en cuanto a fundación, que abarca desde el más antiguo (San Clemente, en 1248) al más moderno (Las Salesas, de finales del siglo XIX).
Nobles y hasta reyes patrocinaron algunas moradas conventuales. Aún podemos rememorar sus deseos de santidad al contemplar sus sepulcros a los pies de algún que otro altar mayor o bien muy próximos al coro bajo o dentro del mismo.
Lo insólito de estos conventos radica en su régimen de vida, llegando a la más completa austeridad y rigor, cuyo ejemplo más apreciable lo representa el Convento de Carmelitas Descalzas del barrio de Santa Cruz. Igualmente deslumbrantes son las historias y leyendas que, -según se dice-, sucedieron dentro de sus muros y de entre las cuales destaca lo ocurrido a Doña María Coronel, fundadora del Convento de Franciscanas Clarisas de Santa Inés. Pero lo más prodigioso es la riqueza artística que atesoran sus estancias pese a que la inmensidad de sus patrimonios fueron diezmados tanto en la época de "La Francesada" como en la posterior Desamortización de 1835, por no decir las consecuencias emanadas de la Guerra Civil.
La máxima que ideara Santa Paula del "Ora et Labora" se sigue al pie de la letra en su totalidad. La sala de labores también es ámbito cotidiano de estas comunidades y recinto mil veces retratado por los pinceles de Alfonso Grosso o Rico Cejudo, donde no faltan los trabajos de bordado, encuadernación, recolección de hortalizas, zurcido, confección de ropa o el cariño con el que elaboran sus famosos dulces y confituras.
Nuestra ciudad en pleno siglo XVI recibió el sobrenombre de "Conventual" por excelencia.
De todos los conventos que existían algunos han desaparecido, permaneciendo solo su recuerdo en la toponimia de la ciudad; la Plaza de San Francisco, la Glorieta de San Diego, la Plaza de la Encarnación son algunos ejemplos. En otros casos se conserva la iglesia incluso desprovista de culto, es el caso de la Iglesia del antiguo colegio jesuita San Hermenegildo, que actualmente es sala de exposiciones temporales y conferencias, y de San Luis de los Franceses, iglesia del antiguo noviciado de la misma orden.
Otros conventos han sido adaptados a diversos cometidos: el Antiguo Convento de la Merced es hoy Museo de Bellas Artes, el monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas fue transformado a mediados del siglo XIX en fábrica de loza y después de ser lugar emblemático durante la Exposición Universal de 1992, acoge hoy al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, el antiguo convento de los Remedios es hoy Museo de Carruajes. Los conventos de Santa Inés y San Clemente tienen salas adaptadas para exposiciones temporales que enriquecen la vida cultural de la ciudad aun cuando mantienen la vida monástica.
En alguno de los conventos se elaboran dulces de forma artesanal pudiéndose comprar en el propio convento como es el caso de las Yemas de San Leandro o en establecimientos especializados.
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